Eres la reina de la moda, el paradigma de la elegancia y la esencia del glamour, que destilas por cada uno de los poros de tu piel, dejando un aura de delicadeza, sofisticación, feminidad y belleza, haciendo marchitarse a cada mujer, joven o mayor, con la que te cruzas.
Los conjuntos que luces con tu habitual encanto podrían ser una agradable suma de los estilos de Paloma Cuevas y Cate Blanchett, pero me temo que se asemejan más a una irritante mezcla de los gustos de Paco Clavel y la Duquesa de Alba de diario. Sin embargo, se te han de reconocer grandes hazañas, como la de combinar con esmero e insistencia lindos trapitos y bonitos complementos de la Boutique Caló y de Chez Yeng Chan.
Todavía recuerdan mis retinas la impactante y sorprendente visión de aquel día que volvías de trabajar y subimos juntas en el ascensor. Brillabas con luz propia, y por eso mis retinas aún están abrasadas. Llevabas una gabardina beige que robaste al mismísimo Colombo, para lo cual posiblemente tuvieras que asaltar el almacén o trastero de algún estudio de televisión, buscar en la esquina más recóndita y polvorienta, y rescatar tan grandiosa prenda de las garras del olvido. Creo que todos deberíamos seguir tu camino. Además de la susodicha gabardina, recuerdo que llevabas una fina chaqueta de punto, propia de una señora de tu edad, y, encima, una blusa de media manga, del mismo tono que la gabardina. Tu falda, de una recatada longitud, era gris, de un tejido que, aunque basto, realzaba el tono de tu piel. El brillante conjunto lo culminabas con unos delicados zapatos que bien parecía que tomaste prestados a mi abuela septuagenaria, y un gran bolso de tonalidad azul piscina.
¡Y qué decir del tono de tu piel! Ciertamente no encuentro palabras para describir el aspecto que presenta tu rostro, que abandonó cualquier signo de luminosidad, alegría, salud y vivacidad. No me importa reconocer que el bronceado no es mi tono favorito de piel, menos aún al principio del verano (eso de los autobronceadores no me convencen, y tampoco lo de perder tiempo en la lámpara). Soy, además, de mentalidad muy abierta en este tema, y me resultan igualmente bellos los tonos naturales de la piel, de los más claros, como el de Nicole Kidman, a los más oscuros, como Wesley Snipes, pasando por los intermedios como el de Tony Leung Chiu Wai. Pero hay un cierto límite, y es el del insano amarillo con ligero toque ceniciento que colorea tu piel. Tal vez se deba a la escasez o falta de algún componente importante en tu dieta, vitaminas, hierro, a saber, o incluso está en tu dieta, en sí misma, y es la hipótesis por la que me inclino, pues nunca viene olor a guisos desde tu ventana, a pesar de los escasos dos metros que separan la tuya de la mía. Encanto, deberías comer algo, estás demacrada, tu pelo carece de brillo y tu piel inspira cualquier sensación menos de salud.
Queridos lectores, y, sobre todo, queridas lectoras, envidiadme por disfrutar de la ilustre compañía de tan elegante vecina; debería tomar el ejemplo y desterrar mis modernos vaqueros, mi recién comprada camiseta negra, o la verde, o cualquier otra, y rescatar del fondo del armario los añejos trajes que usaba mi madre para ir a misa cuando éramos pequeñas, hace veinte años, así como pedirle a mi abuela esos abrigos que ya no usa. Lo out está más in que nunca en mi vecindario.
Por cierto, que ayer volví a encontrarla, y comprobé que aún sigue usando aquel bolso de brillante azul. No sé cómo puedo vivir sin un bolso como ése. Voy a ir corriendo a los chinos a ver si encuentro uno parecido.